Mi corazón raptado por las flores del cerezo

I

Recuerdo ese día como quien trata de ver una película dos veces, como sentarse a la orilla de un río y ver pasar una estatua gigante de Lenin que apunta con el índice a los cielos, o como verías una vela en el océano escondida al fondo de las tachaduras impuestas por la bruma. Porque no ves la película dos veces, la evocación arremolinada como la espuma rompiendo en las rocas, es nada más que eso, una visión difusa del pasado, salpicada aquí y allá por imágenes más o menos claras: una calle en subida, uno o dos volantines encumbrados, un sol inmenso que dejaba caer rayos como caricias, barnizados por agudas flechas de viento que hacían de la tarde un ir y venir de emociones; un día que podía obligarte a andar más abrigado que otros y sin embargo sentirte fresco, con los aires de quien sale y al minuto sabe que es un día para llevar sombrero o una camisa de lino especialmente hecha para andar bajo el sol.

Y si recuerdo todo así de claro es porque no son girones salidos de la espuma. No son pedazos de nube cortados por el paso de un cohete, o pequeños trocitos de espejo roto esparcidos por el parquet de una casa en ruinas. Al parecer son imágenes claras, de una ciudad clara de cielo hondamente despejado o matizado, si tú quieres, por breves bolitas grumosas de nube, que cubren, en todo caso, al mismo aire fresco que si estuviera a punto de llover o de arreciar una tormenta por encima de los rayos solares. Porque debieron ser rayos de luz venidos del sol -o reflejos iluminados que proyectaba el fuselaje de una nave espacial- lo que nos había predispuesto.

Yo subía con un bolso de viaje a mis espaldas y caminaba por calles adoquinadas en busca de aventuras. Aventuras comunes y corrientes; cruzar dos pasajes con excelente vista al océano y deleitarse con las banderas chilenas colgando de las quebradas. Porque aunque no lo imagines hay barrios completos, con sus banderas y sus perros, precipitados al océano Pacífico; o aventados como piedras por las barrancas hasta la avenida Alemania (mucho después supe que la caída al vacío respiraba en esa avenida). También esperaba ver cine y leer en alguna banquita, y tomar vino con uno o dos amigos que recién había conocido. Aventuras de alguien que sólo lleva consigo su carne y sus huesos, o su ropa y su bolso de viaje y alguna idea fija en la cabeza.

II

Hablé de platillos voladores, y creo que los había, que daban vueltas encima de mi cabeza. Al comienzo, mi bolso y yo saldríamos en retirada hacia el terminal de buses. Parado en una plaza principal de la ciudad decidí tomar el teléfono y llamar a un conocido, un aficionado a la poesía de Aristóteles España. Nos conocimos por una entrevista que tuvimos tiempo atrás, que no fue una entrevista, puesto que no hubo grandes preguntas o respuestas. Eso sí que hubo historias increíbles que me parecían de cuento. Tal como abres un libro y lees las aventuras de un marino mercante, o las maldiciones de “El diablo en la botella” o “La isla de los espíritus”; esos “Cuentos de los mares del sur” que tanta impresión me hicieron en los albores de mi vida con los ojos en los libros. Pero este conocido había sido realmente marino mercante, y había visitado desconocidos y fríos países al norte del mundo. Además, guardaba bajo su manta un libro de poemas que pronto publicaría ¿Cómo se llamaba ese volumen de brisa que partía las marejadas? Sus viajes habían sido hacia el Este, así que alguna referencia debía hacer a los puntos cardinales, o a la orientación bajo las estrellas. Porque a él lo habían dirigido los astros, como a mí ahora me direccionaba el reflejo de esos astros que, aun siendo día claro en mitad de septiembre, movían mis pasos como flechas arqueadas; es decir, como cuerpos humanos moviéndose igual que olas, aventados calle arriba por los cerros de Valparaíso como espuma que el sol revienta.

En resumen, fue una conversación tomando café a un costado del cine Plaza, en Talca, durante un mes sin importancia. En esa oportunidad, el ex marino mercante me dejó muy invitado a su casa, por si algún día visitaba el puerto -me dijo- soltando una risa que mucho después aprendí a sufrir sin parecer grosero. Y el caso es que ese día, antes de volver a las costas del Piduco, decidí cobrarle la palabra. No tenía dónde quedarme, pero era joven y deseaba que una llamada hiciera la diferencia.

Apretar el botón verde que simboliza el auricular de los teléfonos en la pantalla de un celular, puede significar que aprietas el botón del paraíso        o que hundes el gatillo de una pistola. Ustedes pueden juzgar como les plazca los resultados, pero qué diablos, ese día me sentía animado, por eso, tomé el celular con decisión y apreté con fuerza del gatillo.

III

Ahora te hablo desde otro día, desde esa vez que fui a ver una película de 1950. Una película italiana en un día despejado durante las diez primeras horas de vida, que luego se fue cubriendo de nubes, hasta tener la seguridad de que estaría lloviendo para cuando la película acabase. En vez de paraguas, iba cubierto por una chaqueta de cuero, con un par de zapatos negros por donde el agua entraba y salía con toda confianza. La película se llamaba “Luces de variedades”, y hablaba, justamente, de luces y de un estreno que todos esperamos se produzca alguna vez en la vida, y que intenta reflejarse en la imaginación de las personas tras un brillo deslucido, pero no exento de humor. Y ese día la mentira y el humor venían de la luz de las últimas tiendas abiertas, cubiertas por el agua que chorreaban las canaletas cuando -después de la película- volvía hasta mi casa.

Hace un año que el marino mercante me había presentado el barrio donde vivía. Era un cerro lleno de casas antiguas que, según parece, habían pertenecido a familias “bien” de Valparaíso. Era el cerro de los artistas, según lo publicitaban las agencias de turismo. Donde había vivido Somerscales y otros. El cerro de la postal que te venden en las tarjetas, donde el ex marino aseguraba que no sólo de arte se nutría la vecindad, sino también de crímenes impunes. Al parecer, un ex agente de la DINA o un torturador famoso (suponiendo que puedes ser estrella de algo bajo el rótulo de fascista) vivía en una de las enormes casonas.

Yo me dejaba llevar por las historias que no terminaban de anclarse en mi inconsciente, hasta que luego de una vuelta llegamos a su casa, donde la vista al océano Pacífico era imponente, donde no sabías si fondear los ojos en medio de los barcos, o seguir hacia adelante hasta perder la noción de tu apellido. Porque todos nos perdemos en la visión de ese maridaje entre mar y cielo, y yo, que no era la excepción, sólo escapé de la hipnosis cuando -en un desvío de mis ojos hacia una de las sillas en la cocina- vi por fin el mango de lo que me pareció era una pistola real, sumida en un bolsillo interior de la chaqueta del ex mercante.

Tal vez debí preguntar qué hacía un revolver en la casa de un poeta. De esa manera él hubiese impedido que lo tomara más tarde, pues estaría sobre aviso que yo sabía de la existencia del arma. Pero no dije nada, y una hora después estaba en la calle camino del cine; el mismo donde pasaron “Luces de variedades” un año después, cuando el crimen ya había sido cometido y yo, de forma impensada, vivía en el lugar de los hechos.

IV

No es de extrañar que en medio del giro dado por mí en busca de nuevos aires, recalase a unas cuantas cuadras más arriba del homicidio. Después de todo, el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. Y como no tenía tiempo que perder, no me negué a las ofertas de arriendo que había en el cerro del asesinato. Allí donde podías hacer el papel de turista despistado, o el de víctima acorralada en un pasaje de casas bonitas, a vista y paciencia de los demás turistas, que van demasiado ocupados en ese mundo que es un guante blanco -incluso los que piensan que tocan con sus manos el pueblo-. Porque ¿qué son las tradiciones, después de todo, sino un cúmulo de malas costumbres que por auténticas se trocan en buenas?

Muchas veces me he detenido a considerar que, así como un oficio puede acabar con la esperanza de la gente, son las ciudades y la gente que compone el pueblo, aquellos que podrían acabar contigo y que, de hecho, engullen todo lo que se cruza delante de ellos. Por eso en Chile y en el puerto, especialmente, las paredes no duran mucho pintadas, porque los graffitis se las comen como madreselvas o plantas salvajes. Lo que no es culpa de quien pinta el graffiti; sería como culpar a las leonas que cazan en la sabana africana o a las hienas que desaparecen los cadáveres.

Había cerrado la puerta y cruzado la calle en dirección al cine, cuando vi una dulcería que llamó mi atención. Ese día pasaban una de Cary Grant, me parece, y yo conservaba el espíritu de quien se deja llevar como las hojas. Estaba seguro de que hacia cualquier esquina que doblase algo interesante pasaría. Todas las esquinas prometían llenar mi espíritu de gozo o robustecerlo de nuevas experiencias. Por lo tanto, mientras más cambiase de planes, como el reloj cambiaba de minutos, nuevas maravillas vendrían a mi encuentro.

Como todavía faltaba media hora antes de la película, decidí echar un vistazo en la dulcería. Pero maldita sea si debí seguir de largo; maldita sea si debí conformarme con el film de ese que actúa bien hasta de espaldas. O eso decían voces inaudibles hoy en día acerca de él, mientras yo, pobre de mí, hacía caso a las otras voces del viento. Esas que te dan cachetadas antes de cruzar la vía, como si todo fuese una lotería para llevarse: ¡Sal y toma el mundo con tus manos, infeliz! ¡Haz lo que hacen los desinhibidos! ¡Muestra tu cuerpo y las cicatrices de tu cuerpo! ¡Comprende que fluyes bajo las normas tribales en apariencia arroyadas por los automóviles! ¡Conquista las dificultades con un golpe de billetes! ¡O al menos dispara tu mentón hacia adelante como lo hubiese hecho Cary Grant, o como todavía lo hacen los jóvenes talentos de la burguesía! ¡Oh, la burguesía, la otra hiena salvaje! ¡Oh Baby boomers y actual generación Millennials, cuál de todos más crueles y enmascarados!

V

Bajo todo pronóstico, cuando entré de vuelta a la dulcería me comporté como un idiota. No estoy seguro de lo que dije ni cómo lo dije. Debo haber balbuceado, al menos, los primeros cinco minutos, intentando dar a conocer mis intensiones. Daba vueltas en círculo intentando presentarme, arguyendo que deseaba sostener una conversación con ella, tan bonita que se veía; brazos delgados, polera a rayas, jeans muy cortos, medias oscuras con lunares blancos cubriendo dos piernas muy delgadas también. Un par de zapatillas blancas y encima, un delantal oscuro con el logo de la tienda. Sumémosle a eso una cara delgada, de piel tersa y labios finos (con un lunar que descubriría más tarde, asomado en el costado derecho de su labio superior), manos igualmente delgadas que terminaban en dedos largos, y un cabello castaño muy oscuro hasta algo más arriba de la cintura, sin peinar -por supuesto- lo que le hacía parecer más ondulado de lo que realmente era.

¿Por qué odiamos los cuentos, los buenos cuentos, los que dejamos sean envueltos en papel de colores, los que vienen rellenos de sorpresas y que cada sorpresa trae evocaciones, algunas de manzana con canela, o simplemente canela? ¿Por qué odiamos que dos personas sean capaces de mirarse y superar toda expectativa de rechazo? ¿Cómo no va a ser un cuento ver a una chica envolviendo dulces, hablando con pizcas de sabor en cada punta de palabras, improvisando ambos un baile a dos miradas en un cuarto de ladrillos, mientras ella atiende a los turistas y yo yazgo sentado en una silla de madera y mimbre, a veces hablando, pero callando todo el tiempo, con dos o tres o cuatro suspiros serpentinos, según el compás de las canciones que pasaba su reproductor de música en la radio de la tienda?

Dije que mucho después buscaría un arriendo en el sector del homicidio. Cualquiera hubiese evitado una coincidencia semejante, incluso yo, pero aunque no lo creas, no lo pensé. Estaba tan desesperado por encontrar un lugar donde vivir, que no pensé en el crimen, ni en la sangre, ni en las balas, ni en los dulces que estallarían igual que estrellas a millones de años luz en el espacio. Pero no viene al caso contar por qué me mudé a Valparaíso un año después. Lo que sí vale la pena confesar, es que no me hago el inocente, pues el crimen debía cometerse y las opciones eran ganarse un espíritu maldito, o ganarse otro espíritu un tanto menos maldito, pero con resultados fatales.

Y qué hay más fatal que un homicidio, me dirán ustedes. La respuesta es una paradoja donde todos perdían, o donde yo liquidaba los fantasmas de mi rabia con cuatro tiros mortales.

VI

¿Que qué pasó después? Entonces fue que la maté a ella por un conflicto dramático que no aceptaba un final diferente, un desenlace más humano, inspirado en la tediosa costumbre de salir corriendo para evitar problemas, o dejar que las cosas pasen sin erigirnos como el que toma el revólver para acabar con el asunto. Algo así como saber que las armas existen y tenerles pavor porque pensamos que las palabras restituyen la razón hecha pedazos.

Yo no diré más, de aquí en adelante revisen la prensa escrita o sigan la pista a los obituarios. En algún párrafo o recuadro perdido en esos enormes papeles impresos, puede que haya un cabo de donde sujetar una historia sin fin, o que no termina, al menos, después de percutidos los disparos. Porque el lenguaje parco de las noticias esconde -ustedes lo saben- la pulsión vital de los hechos. Este crimen, por ejemplo, no tiene la culpa de que el espacio de la columna donde se escribe sea tan estrecho, y que luego se haya dividido en cinco capítulos, que bien pueden no destrozar los nervios de nadie en la séptima región, pero que seguirá conservando dos pulsiones únicas. La primera se contiene en una historia que sigue corriendo en mi cabeza y que no verá la luz en este medio; la segunda, en el perfume que irradian esos puntos finales de un capítulo que tú bien sabes no es el último de la historia.

El crimen sigue adelante en una línea de tiempo trazada por alguien, ese alguien yace sentado y de piernas cruzadas, con cara de satisfacción porque nada malo puede pasarle a las líneas que trazamos. Ellas solamente son líneas y así han de permanecer; y si las trazamos a todo el ancho de la mesa y mostramos sólo un fragmento de ellas a otras personas, seguiremos sintiéndonos satisfechos. Igual que si ves una serie en televisión y estás seguro de que el próximo capítulo estará ahí, esperando a que haya un nuevo espacio en tu vida donde hincar el diente.

El sujeto que traza la línea en la mesa o sobre el papel actúa con la determinación de quien lleva una historia en su cabeza. La historia sigue adelante, como un carrusel al que siempre podrás volver, un espacio de templanza de donde vuelves con los nervios repuestos. Es otro espacio en donde la historia sucede y se aniquila a sí misma línea a línea, no porque sea falsa o porque haya concluido realmente, sino porque el crimen todavía sucede, todos los días, en el puerto y a orillas del Piduco.

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