En un hotel de Bucarest

http://issuu.com/diarioelcentro/docs/temas_67146e903d4ed1/3?e=1488971/12499986  (Pág. 2)

Flag_of_South_Sudan.svg

Había estado en Kenia y en Sudán del Sur. Ambas habían sido misiones dedicadas a entregar ayuda humanitaria a los refugiados, dentro de los muchos bandos que hay en distintas regiones de esos países. Había sobrevolado la última de ambas naciones casi completamente durante dos o tres días semanales en un plazo de tres meses. El campamento donde dormía estaba compuesto de cinco o seis remolques cercados a muy corta distancia por una pared de calamina provisional. Las jornadas consistían en entrevistas con guerrilleros o líderes de diversas tribus en pugna donde debían cuantificar a los civiles necesitados de suministros básicos para la vida.

Intervenir como un equipo internacional interesado en la ayuda humanitaria, por encima del conflicto político de turno, no era en absoluto una tarea fácil o bien recibida. Había que ganarse la confianza de ellos, lo que podía tardar un par de horas bajo un sol que disparaba sus rayos letales. Y una vez que aceptaban lo conducían a él y a los demás tomados de las manos. Los dirigían al  resto de la tribu como a niños regañados. Sin embargo, ser llevados de la mano por los jefes de hogar en algunas regiones de Sudán del Sur es un signo de amistad, y de que en esas manos depositan la confianza de todos.

Cuando hacían excursiones guiados por nativos, sin importar la región en la que estaban, él siempre tomaba precauciones que podían salvarlo de ser mutilado por bombas ocultas bajo tierra. Para eso, su estrategia era caminar siempre detrás de los nativos y no poner nunca un pie en los sitios donde el otro no haya antes pisado. Eso, y lo cerca que estuvo de la muerte cuando casi aplasta a una mamba negra por descuido, era el pan de todos los días.

Por eso, cuando luego de tres meses durmiendo cuatro horas por noche y deambulando por cielo y tierra zonas riesgosas y altamente empobrecidas del continente africano, alojado de regreso en un hotel de Rumania, decidió levantarse a media noche por un vaso de agua en el baño. Y fue ahí, al encender las luces, cuando dio un salto hacia atrás para asumir postura de combate. Pero no había combate, había un zumbido en sus oídos y un hotel en Bucarest; había un silencio renovado y un reflejo suyo en el espejo.

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