El silbido y la furia

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Quizás fueron sus manos inseguras y movedizas al contacto con el dinero sacado de su traje, o el tono de su traje, inspirado en el difícil refinamiento de las clases trabajadoras en los 50`. O puede que fuera su timidez o la forma en que consiguió mantener ocultos los detalles de su inmenso caudal de anécdotas, hasta poco antes de bajarse del colectivo.

O pudo tratarse del ahogo contenido en el tono de su voz, del aire contrariado que iba desde sus ojos hasta el quiebre de las hojas por una de las calles de El Arenal. Tratábase de la identidad de las calles, todos los espacios de segundo durante el breve trayecto hacia el poniente demostraban cómo esas calles habían mutado. Pero no lo notábamos. La limpidez con que iban pasando los minutos había sido la misma durante décadas, el zumbido del paso de las horas fue siempre el telón de fondo de las grandes bombas. Por eso era materialmente imposible distinguir la vibración de la vida agotándose durante un simple viaje en colectivo.  Además éramos solo tres pelagatos, solo que uno era la clave en la distinción de ese silbido mortífero; la prueba más aterradora de nuestra indiferencia.

Era un colectivo de la línea dos. El chofer y yo éramos jóvenes y por lo tanto más culpables todavía. Quién sabe si cruzábamos un cúmulo de ex calles. Pero se hace patente en mi memoria que una de ellas era tildada como calle Ex­-Barcelona, que el anciano subió a la altura del Estadio Sur al colectivo, que pasadas varias cuadras estiró una mano indecisa para cancelar el pasaje, que a continuación se produjo un silencio sostenido, y que debe haber sido el motor del vehículo, pero ninguno de nosotros pudo distinguir el zumbido vergonzante.

A la altura del Easy, la frase que puso todo al descubierto fue la siguiente: “Me puede dejar en la cervecería, por favor”. Si el capitalismo ha marcado tendencia o si cruzó como un sable la vida de las personas y se impuso como un bloque concienzudamente parcelado en la conciencia de la gente, debe ser que esa frase fue un disparo que derribó las creencias del chofer y las mías. No era el maldito imperialismo el único que acababa de crujir como una nuez en nuestras sienes. Era el zumbido del paso de los años, estáticos para el anciano, movedizos desde entonces para el chofer y para mí. La extinta Compañía de Cervecerías Unidas provocó el rugido hilarante de la vida que mengua.

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