La novela testimonio de Miguel Barnet

Presentación1

http://issuu.com/diarioelcentro/docs/temas_16_18-01-2015/16 (Página 16)

Las obras del cuarto galardonado con el premio Iberoamericano de Letras José Donoso, de editorial Universidad de Talca, se caracterizan por darles tribuna a los sujetos “sin historia”

Hace ocho años atrás (2007), el cuarto ganador del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, fue el cubano Miguel Barnet. Ensayista y etnólogo, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la Fundación Fernando Ortiz, el trabajo de Barnet es reconocido por su importancia artística y científica, en un sentido amplio, por no responder a los rigores de la etnografía tradicional, aunque también en un sentido particular, por acuñar la visión de personajes a quienes el autor viene en llamar los “sujetos sin historia”.

¿Por qué hablar de Miguel Barnet a ocho años del reconocimiento que le hiciera Universidad de Talca a través de su editorial? Entre otros motivos, porque plantea la búsqueda permanente de aquellos rincones de la historia escamotados por las ciencias oficiales y, particularmente, por la historiografía burguesa. Dicha búsqueda comprende la puesta en valor de las anécdotas que por su intensidad, contribuyen a la construcción de una idea más desprejuiciada y por lo tanto más objetiva de la identidad humana.

La búsqueda de Barnet, como es de suponer, está dirigida a los elementos que construyen la identidad del pueblo de Cuba. Sin embargo, su método de investigación podría ser comparado al trabajo artístico y evidentemente sociológico, de autores nacionales como Manuel Rojas y su “Hijo de ladrón”. El método al que hacemos referencia, no obstante,  es inventariado por Barnet con el nombre de “novela testimonial”. Dicha forma de creación supone la investigación de fenómenos sociales y testimonios auténticos que entreguen un contenido fundamental, que sería renovado, posteriormente, como obra artística de ficción.

Las historias que el autor recoge de boca de sus protagonistas, no son, como es el caso de autores tipo Truman Capote, anécdotas sensacionalistas sacadas de la prensa amarilla o historias asombrosas por un contenido especialmente original. Las historias recogidas por Barnet a lo largo de toda su producción de novelas, se inscriben forzosamente en un periodo histórico, para dar cuenta de él a través de las particularidades que proporciona el trabajo de recolección de testimonios previamente realizado.

En este caso, la novela compartida por el autor a la editorial de la casa de estudios, lleva por nombre “La vida real” (publicada originalmente en 1986). Se trata de una obra que aborda los conflictos y miserias enfrentadas por Cuba antes de la Revolución, a través de la mirada de un guajiro crecido, como el resto de los hombres del campo, entre enormes plantaciones de caña y una pobreza extrema que sometía a las personas, como quien dice, a doblar el lomo desde pequeños.

Julián Mesa es el joven guajiro que parte camino de La Habana a probar suerte, lejos por fin de las embrutecidas plantaciones de caña. Perseguido, como él dice, por la candela (el fuego), se abrirá paso a través de los conventillos y verá con sus propios ojos el triunfo de la corrupción que les rodea (a él y al resto de las pocas personas honestas que todavía resistían el embate de la violencia durante los gobiernos de Ramón Grau, Carlos Prío y Fulgencio Batista).

“La vida real” es una novela sobre la inmigración. Julián Mesa decide huir a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades (su país, por ese entonces, es descrito como un verdadero casino de juegos sin leyes morales). En el país del norte, sin embargo, -dada la realidad que debían soportar los latinos- no le va mucho mejor. No obstante, sabe levantar cabeza una y otra vez. Ayuda, incluso, junto a otros cubanos inmigrantes, al movimiento 26 de Julio, haciendo colectas que vayan en auxilio de la causa revolucionaria.

Las novelas testimoniales son historias contadas con la veracidad del Lazarillo de Tormes. Para Miguel Barnet, corresponden a las voces autorizadas del tiempo. El caso de Julián Mesa, particularmente, es un ejemplo de esos testimonios que, de no ser rescatados, seguirían dándole cabida a las voces generalizadoras de la historiografía, que no atienden a los legítimos testigos de la historia.

¿Y si nunca hubiese partido a los Estados Unidos? ¿Y si hubiese vuelto a Cuba en el 59? “La vida real” acaba transmitiéndonos pensamientos de nostalgia: “Lo de uno es lo de uno y no hay casa en tierra ajena” -¿Qué Prado miras por la venta en pleno invierno y en la ciudad de Nueva York, Julián?  -El Prado de la Habana…  -contesta él-… el Malecón.

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