El Bulto

Durante el sopor de media tarde, el único allegado a la barra hacía caso omiso de la vida privada de la patrona; de sus confidencias musitadas al oído de una vecina, separadas por una distancia de varias casas de adobe y tierra recocidas. Zampándose el vaso de tinto bajo un crudo cara de gallo, emitía bufidos entrecortados por el latido a destiempo de su cuchara, y sentía que las finas hebras del vino salido de la pituca, refrescaban su gaznate como un chorro de agua de napas subterráneas.

Sentadas una al lado de la otra, patrona y vecina charlaban y soltaban risitas que iban a estrellarse en las paredes o en las vigas del corredor afuera del boliche. En plena intemperie y a mitad de otra jornada de verano, el trashumante caballero de enérgicas pisadas, recorría, como quien dice de cabo a rabo, entre una y otra ingesta de vino, las losas del pasillo en el frontis de la casa; y ya sea por la sofocante temperatura o por una aprensiva angustia privada, cada vuelta de pasillo iba disminuyéndolo y acotando su figura a la barra, y de ésta a una la de las mesas más apartadas y luego al patio, abierto y casi habilitado como baño de visitas a un costado del corredor.

Una vez allí el desconocido fue a dar bajo la sombra de un tilo, cuya frondosidad lo pondría a cubierto durante largas horas, que ni patrona ni vecina contarían en sus relojes o en la curva declinante del sol de media tarde. Y aunque sabían perfectamente que el sujeto dormía lo que viene en llamarse la mona, habían consensuado no interrumpir sus sueños gemebundos.

No obstante, pasadas varias horas y algunos olvidos, la patrona vino en percatarse que el sol había bajado a tal punto que la sombra del tilo ya no cubría el cuerpo del borracho, y su cara, aunque morena y curtida por las labores bajo el sino de la huella precordillerana, se hallaba roja e insolada por efecto de los mortales rayos U.V.

La solución saltaba a la vista: No queriendo interrumpir todavía sus sueños, decidieron patrona y vecina acercarse al sujeto, tomarlo de pies y manos, y aprovechar su aturdimiento para moverlo otra vez a la sombra del buen árbol. De tal modo que hora tras hora, y de conversa a tomada de once antes de la última caída del cara de gallo, la operación se había repetido unas tres veces; movíase la sombra del tilo y allá, patrona y vecina movían de pies y manos el bulto rostizado por el sol. La sorpresa, como era de esperarse, vendría después, con las primeras sombras de la noche     -ya no había necesidad de cambiarlo de sitio, sin embargo tampoco despertaba por su cuenta- y cómo no, la historia no llegaría a ser atractiva si el sujeto, a esas alturas, continuara con vida.

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