Las desventuras de un flâneur

Le flaneur

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Se baja del coche dando un portazo y poniendo los pies sobre la acera resbaladiza, aplastando con las suelas del zapato las hojas mojadas y las colillas de cigarrillo desperdigadas al borde de la calle. Dónde te hallas señorita Cucu-Blanc, señorita Irma Borel. No debimos saltarnos la hora de la cena. Con toda razón fue contada la historia de aquel maldito demonio de la perversidad; pese a haber encontrado el mejor sitio donde pasar juntos una velada magnífica, la noche acabaría silenciosa y llena de recriminaciones elucubradas en la penumbra de la pieza.

Dirige sus pasos hacia el oeste internándose con empecinamiento en el centro del mundo. Buscando la desembocadura de una calle, una esquina, un mirador, una disyuntiva. Sigue por la calzada bajo la amenaza de la lluvia. Asoma la figura de Nastenka esperando a su joven prometido, pero continua sin detenerse y atraviesa aquella formidable noche blanca sin reparar ni por pienso en la joven embustera.

La comedianta Irma Borel recomienda, para la ocasión, un poema de César Vallejo de candorosa vitalidad, pese a contener la firme convicción de la muerte  y aunar -al mismo tiempo- el goce de un café y el privilegio de mirar la frondosidad de los castaños. “Me parece que hace alusión a cosas que a uno le gusta hacer; como a mí que me gusta coleccionar cuadernos”, declara entusiasmada la señorita. Pero también habla de tumbas, y del eterno estirón de los muertos bajo la piedra. El poema lleva por nombre su primer verso completo (“Hoy me gusta la vida mucho menos”), lo que hace suponer que nunca hubo un título exclusivo que lo coronase.

A qué tantos años si “siempre, siempre, siempre”. Parafrasea el contenido del poema mientras esconde sus manos en los bolsillos y se debate calle abajo con las solapas de la chaqueta levantadas. Señorita Cucu-Blanc, señorita Irma Borel, no debimos saltarnos la hora de la cena, mucho menos dormir en camas separadas. A media tarde y ya en franca retirada, él también señala con el rabillo del ojo, diciendo: “Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla…” esos son los elementos avistados por el flâneur.

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