La poesía social de Bernardo González

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Un narrador piadoso transita por toda la región refrescando la memoria de los maulinos

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“Catacumbas”, el nuevo trabajo de Bernardo González Koppmann, es una antología de poesía social realizada por Ediciones Inubicalistas. Libro publicado este año y que viene a refrescar la memoria de la región. Su título se debe al contenido de la antología; poemas que se gestaron en el subsuelo, sólo con los conocidos. Así, los cristianos se congregaban en épocas del imperio romano, marcando con un pez  los sitios de reunión.

En la poesía de Bernardo González se advierte a un narrador piadoso, a un niño que cazó lagartijas en las líneas del tren. Capaz de ver ritos y luego cantarlos. En plena vía pública nos asalta la “Canción del mendigo”, con un símil a la danza que cantó el joven Arthur en ese “Baile de los ahorcados”, como un villancico a las monedas recogidas en el tarro y que brillan en las pupilas del mendigo.

La poesía social no transita puramente por la ciudad. El hecho social se entiende como el encuentro entre campo y ciudad. En ese concilio se producen la mayoría de los fenómenos, y Bernardo González, cantándole a toda la región, la une: “Junto al Maule construyo mi sagrario”.

En “Funeral en Curepto”, dedicado a Juan Rulfo, se distingue la misma voz de la pampa reverberante, como en el Llano en llamas, “creyendo que así tenía que ser, estaba viejo”. Los  muertos brindan por la romería y son paseantes de estos pueblos, donde “apena ver morir a un tero”, donde se celebra la lenta procesión de los deudos.

Más adelante, el hablante vuelve a la ciudad y arremete en contra de los “bacanes”, incapaces de contar sus sueños o sus fracasos, y compadece a las pobres “burguesitas”, atrapadas dentro de los vehículos. Luego va hacia atrás, y ya vendrá una descripción de objetos mágicos, que  vieron la luz en la casa de la abuela o que resisten a las comodidades de los hogares modernos: Los tarros que se trasforman en costureros “que guardan incluso el polvo de los sueños”.

Y surgen los héroes; el mítico arquero de Rangers, Arturo Emilio Rodenak, que vive actualmente en una casa de reposo, “nos regala un domingo para toda la vida cuando se levanta con el sol entre las manos”. O Germán Castro, intendente de la región que compartió la adrenalina del fútbol en las pichangas “hasta el próximo gol de tole tole”. El poeta le canta a este amigo muerto en 1973: “Al mejor del barrio sur lo fusilaron… Ni la pelota nos devolvió la infancia”.

Alegría y tristeza; el mote con huesillo “¿Quién no ha tenido sed de puro andar por atajos polvorientos?”, su padre Florencio, que duerme con un ojo abierto vigilando el rebaño de la abuela, “la tumba de Antonio en el cementerio de Nirivilo”. Cuando devienen los recuerdos, el chico hecho hombre vuelve a buscar al niño que no quiso jugar con él, “a ver si ahora me presta el tirador”. Un pasado de barrio, añoranza de pueblo, resignación de hombre y bondad de sabio.

El hablante viene de las montañas, tal vez de las orillas del Blanquillo, en donde “saltan y saltan los peces hasta que aparecen las estrellas”. Pernoctó debajo de los árboles, pero “¿Quién atina a sentarse bajo un árbol?”. Hace de toda la Región del Maule una comarca. Unas veces asciende a las cerros y habla con las aves, se sienta junto a un viejo coigüe y medita antes que se acabe el mundo, y otras recorre los pueblos azotados por la niebla hasta llegar a Talca, para asistir a su debacle pos 27F, pos reconstrucción, pos modernidad y “pos” tantas otras derrotas.

Sin embargo, qué de personajes trashuman por sus poemas; “carabineros jubilados, viejos deportistas y amores a la antigua dados de baja”. Sin duda estos pobladores son los “sobrevivientes del país verdadero”, de esta ciudad perdida en la bruma como el Londres de Stevenson y su doctor Jekill, o emperifollada y que se arrogó la siutiquería de París. Allá van los nuevos ricos o la clase alta venida a menos; todos de camino a Constitución, con camas y petacas a pasar el último verano.

Finalmente, acaba por santiguar las minucias paganas: “Bienaventurados el caracol subiendo por la pata coja de mi mesa, bienaventurada la pirilacha, la rueda pinchada de mi bici, porque de ellos –sentencia- es el reino de la poesía”.

Bernardo González declara estar trabajando en un nuevo proyecto escritural que le ha de demandar todavía más de dos años. Y de este proyecto nos regala un final abierto con dos poemas incluidos en la última parte del libro bajo el título “La cabaña del monje”, posible nombre para ese nuevo trabajo. Mientras tanto, nos quedamos con estas Catacumbas, que exhortan a los maulinos a no perder la memoria.

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