Heredia está de vuelta

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El detective privado vuelve al ataque, revelando qué ocurre cuando los poderosos temen ser perjudicados por “el leve aliento de la verdad”

 Si un día llega a sus manos un ejemplar de “El leve aliento de la verdad”, notarán que en su lomo hay dibujada la figura de un gato blanco posado sobre el logo de editorial LOM. Y si su curiosidad va más allá y leen las primeras páginas del libro hasta despachar el primer capítulo, descubrirán que ese gato lleva por nombre Simenon (en honor al escritor belga de novelas policiales Georges Simenon) y que es el fiel amigo de Heredia, el investigador privado.

Este 2012 que ya se nos va de las manos, deja tras de sí la última novela de Ramón Díaz Eterovic, “El leve aliento de la verdad”, la decimocuarta entrega de la saga que protagoniza el detective Heredia, y que esta vez vuelve al ataque con una nuevo puñado de preguntas “que nadie desea escuchar”. Un tanto más cansado y más viejo, pero sin que rehúya de su eterno ajuste de cuentas pendientes con la sociedad.

 Habituado a deambular por las calles céntricas de Santiago de Chile, este investigador nacido con la novela “La ciudad está triste” en 1987, ya no es el mismo. No se deja arrastrar por los tiempos modernos, y su obstinada resistencia amenaza con pasarle la cuenta. Aquejado de un sorpresivo dolor en la espalda, sus reflejos ya no son lo de antes. Sin embargo, sus preguntas siguen tan agudas como siempre y su humor negro tan descarnado como en sus primeras aventuras.

Julio Segovia es el nombre del periodista sobre cuya desaparición Heredia deberá encontrar una respuesta. Sus pesquisas lo llevarán a descubrir una serie de asesinatos que guardan idénticas características: cinco jóvenes prostitutas han sido encontradas amarradas de pies y manos a los extremos de una cama y han sido fríamente degolladas. No conforme con eso, el asesino se dio el trabajo de dejar un recuerdo en dos o tres de las escenas del crimen. Se trata de una copia de la película Psicosis, de Alfred Hitchcock.

Dos de las mujeres fueron asesinadas hace pocos meses y el resto, hace más de dos años. En esta ocasión los compañeros de Heredia serán Marcos Campbell -su fiel amigo periodista-, Anselmo el quiosquero, casi tan decepcionado como el investigador, de las cartas que la vida le ha entregado -sobre todo por la reciente muerte de su hijo de la cual posiblemente nunca se repondrá-.

Colaboran también Doris Fabra, la mujer policía que reanimará las cenizas de su viejo amor con Heredia, y por último, un detective novato y sabelotodo que salvará  el pellejo del investigador en más de una oportunidad.

Tras el nombre de “Míster Daroca” se encuentra la verdadera identidad del asesino, y junto a él a todos los involucrados en la desaparición de Julio Segovia y las mujeres asesinadas. Pero a no confundirse con las señas de ese apodo. Heredia avanza a través de sus siempre poco ortodoxos métodos de investigación hasta dar con él o las personas detrás de ese nombre. Enfrentando a traficantes de grueso calibre, a actores fracasados de mentes retorcidas y al eterno poder del capital y sus influencias, el curtido investigador va a desenmascarar al pez gordo detrás de los crímenes.

Esta vez el detective considera con mayor detención la idea de un eventual retiro de las canchas a la luz de su romance con Doris, con quien se resiste a mirar el futuro por temor a perder su valiosa soledad. La decisión está en sus manos y mantendrá al lector atento hasta el final, ante la posibilidad de ver a un Heredia colgando su revólver.

Una novela donde no se echan de menos las balas, pero donde el paso del tiempo no deja a nadie indiferente. Han cerrado el City-Bar, el clásico boliche donde solía acodarse a beber la última copa. Y la modernidad también ha hecho lo suyo en el resto de la ciudad. Por eso, hasta no tener nuevas noticias de Heredia, será mejor seguir imaginándolo cerca de la esquina de las calles Bandera con Aillavilú del barrio Mapocho, o en su vieja oficina, conversando a solas con Simenon y esperando un nuevo caso para resolver.

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